Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Niño interior

¿Tiene que ver lo que vivimos en la infancia con nuestra vida de adultos?

Parece que cuando nacemos sentimos que estamos a punto de morir, y tal vez sí es la muerte de muchas cosas pues empezamos a percibir el mundo de otra manera, empezamos a sentirnos vulnerables porque necesitamos del cuidado de un tercero para poder sobrevivir. Los seres humanos nacemos totalmente vulnerables y lo somos por muchos años (más que la mayoría de las crías de otros mamíferos). Los niños, sienten que todo lo que ocurre a su alrededor está relacionado de una u otra forma con ellos, con su forma de ser; es decir, si los padres tienen problemas entre ellos, el niño interpreta que él tiene alguna responsabilidad sobre el tema y busca hacer algo para mejorar la situación. Comienza a intentar “cambiar” para ser más aceptado por sus padres y su entorno.

¿Te suena familiar la sensación de “debo cambiar para que las cosas funcionen mejor a mi alrededor”?, pues esto lo pensamos siendo niños, y en muchas ocasiones seguimos comportandonos del mismo modo siendo ya adultos. Hay muchas decisiones que tomamos siendo tan chicos que ya no recordamos que fueron decisiones, y ahora que somos adultos creemos que ésta es nuestra forma de ser, que siempre hemos sido así y que, por ende, debemos seguir siendo o reaccionando de la misma forma. Eso no es verdad.

Durante los primeros 7 u 8 años de vida, nos sentimos tan vulnerables y dependemos tanto de la atención y amor de nuestros padres que, cada vez que sentimos que hacemos algo mal intentamos cambiar colocándonos una “máscara” que nos da una sensación de fortaleza y, nos da la impresión de que somos menos vulnerables. Comenzamos a llenarnos de máscaras que se convierten en una colección de capas protectoras como una armadura y, de hecho, es un mecanismo de defensa bastante útil. Esta armadura es el famoso Ego.

En mi opinión, el ego es supremamente útil y en verdad nos protege durante muchos años; creo que es un concepto que no es tan fácil de comprender, al menos a mí me ha costado un buen tiempo comprenderlo. La barrera que aprendimos a crear siendo niños para protegernos de un entorno que nos hace sentir heridos es el Ego. Y en verdad nos protege.

Pero llega un punto en la vida en el cual esa barrera, esas máscaras, empiezan a crear un conflicto porque te obligan a comportarte de cierto modo; pero esa no es tu esencia, tú no eres realmente la máscara, solo estás acostumbrado a relacionarte a través de ella.

Por ejemplo: cuando yo era niña mi mamá era una mujer de temperamento fuerte y estaba convencida que para educar bien a sus hijos debía ser una figura de autoridad estricta. En algún momento, no tengo idea cuando, yo me di cuenta de que entre más juiciosa, obediente, ordenada y, callada fuera, más tranquila estaba mi mamá conmigo. Incluso, mis tíos solían felicitarla porque yo era una niña muy bien educada. Yo sentía su satisfacción y eso me hacía sentir muy bien conmigo misma. Aprendí a ponerme la máscara de sumisión. Y me funcionó maravillosamente por muchos años de mi vida: mis tíos me adoraban, era una de las favoritas de los profesores del colegio, incluso era fácil hacer amigas siendo tan “buena niña”. Pero la máscara de sumisión también trajo problemas muy fuertes para mí, uno de ellos fue mi incapacidad para defenderme, y fui víctima de bullying en el colegio por varios años. Esa máscara me obligaba a aguantar la opresión para evitar conflictos.

Es muy importante destacar algo: todos los padres hacen lo mejor que saben hacer con sus hijos, con la información que tienen. Cuando entramos a comprender nuestra niñez (y la forma en que esas experiencias tienen que ver con nuestro comportamiento siendo adultos), no se trata de juzgar a nuestros padres, se trata de pensar en lo que YO pude haber interpretado, más allá de lo que realmente sucedió. Un ejemplo para comprender mejor es: mi madre estaba todo el día en la casa, era ama de casa, pero casi nunca jugábamos juntas, ni tampoco conversábamos (no se usaba eso en esa época). Lo que yo interpretaba era que lo que yo pensaba y decía no era importante porque yo sólo era una niña. Eso no quiere decir que mi madre no me valorara, ¿lo ves? era mi propia interpretación.

Todos los niños se sienten heridos en algún momento, es más, en muchos momentos de su infancia y aprenden a ponerse máscaras y a asumir ciertos roles que definirán a futuro su forma de comportarse y enfrentar la vida como adultos.

Por lo tanto, todos tenemos un niño herido en nuestro interior, porque todos fuimos niños, todos nos sentimos totalmente vulnerables, nuestra vida dependía del amor y atención de nuestros padres, y nuestra relación con ellos y con el entorno nos fue dejando heridas, miedo al abandono, miedo al rechazo, nos sentimos humillados o juzgados, con miedo a confiar o con una sensación de injusticia. Por eso, por instinto de supervivencia, en nuestros primeros años buscamos obtener el amor y llamar la atención de las personas que teníamos alrededor.

Y muchas veces continuamos haciéndolo, siendo ya adultos

Cuando crecemos, nuestra responsabilidad es hacernos cargo de nosotros mismos y sanar. Aprender a conocernos, a ver hacia adentro y hacer conscientes las máscaras que tenemos puestas, ósea nuestro ego, para poder ponernos en contacto con nuestra esencia, allí donde somos realmente auténticos.

Si acompañamos a ese niño o niña que habita en nosotros, si le damos lo que necesita y le enseñamos a entender qué cosas debe darse y de qué otras hacerse cargo, entonces nuestra relación con nosotros mismos y con nuestro entorno va a cambiar, de una forma muy positiva, porque vamos a relacionarnos desde nuestra propia autenticidad, asumiendo nuestras fortalezas y también las limitaciones, pero ya no vamos a desgastarnos intentando encajar en un entorno o cambiando para ser aprobados o reconocidos por otra persona. Vamos a poder empoderarnos de nosotros mismos.

Saber que hay un niño herido en nuestro interior y que tenemos la posibilidad de aprender a sanarlo y cuidarlo, cambia completamente nuestra forma de ver y sentir el mundo, cambia la forma de relacionarnos con todos, incluso con nosotros mismos. ¡Tenemos la capacidad de romper la barrera que hemos formado, quitarnos las máscaras para poder ser libres y afirmar lo que somos!

Una certeza muy liberadora y bella nos llega al entender todo esto y es que cada ser está en su propio proceso de vida, y si somos capaces de entendernos como seres espirituales viviendo una experiencia humana, podemos pensar que todas y cada una de las situaciones que vivimos en este viaje, llegan a nosotros para crecer, no sólo desde la mente, sino desde el alma. Todo tiene una razón de ser en esta vida, al menos así lo veo y lo siento.

Entonces pienso que nacemos vulnerables, esa sensación forma unas heridas que nos llevan a ponernos máscaras y cuando somos adultos esas máscaras nos pesan e incomodan tanto que surgen situaciones que nos permiten reconocerlas como algo que podemos quitarnos a consciencia…

¡y aprendemos a liberarnos!

Cada situación que va llegando a tu vida te permite conocerte más y más a fondo, descubrir más heridas y ¡SANAR!

Te invito a que aprendas a ser testigo de tu diálogo interior.

Leave a comment

Sígueme en mis redes

Atrévete a dar el primer paso ¡puedo ayudarte!

Cart0